Foto: "Shadows of Forgotten Dimensions", Howard RheingoldLa tía Adalgiza se quedó jamona por culpa de dos nombres. Nunca se supo más que eso, hasta que llegó a mis manos un cofre de madera tallado, del cual yo tenía la llave desde hace más de quince años. Tía Adalgiza me la encargó una noche, y yo debía cuidarla con mi vida. Eso fue lo que me pidió, con los ojos aguados, un verano húmedo y opaco que viví en Santiago, por ahí, por los años noventa.
La cajita tenía un diseño de hojas y tallos de bambú en relieve y adornos de metal dorado en las esquinas. En el lapso de dos semana, el cofrecito reposó, solitario, sobre mi mesa porque, después de tantos años y dos mudanzas, no recordaba el lugar donde había guardado la dichosa llave. Los primeros tres días la busqué como una loca, muerta de la curiosidad, cómo quizás lo hizo tía Adalgiza en sus últimos días, pero luego las responsabilidades laborales fueron apartándome de la tarea. Después de todo, todo el mundo daba por perdido el juicio de la tía desde hace mucho tiempo.
Un domingo de esos que te pica el mosquito de la pulcritud extrema, mientras limpiaba el librero, encontré un álbum de fotos de la infancia, y al verlo, supe inmediatamente que la llave estaba dentro, detrás de una foto de tía Adalgiza en mi fiesta de los quince años. Al introducir la llavecita por el agujero, sentí una angustia desoladora, y cuando levanté la tapa, toda la habitación se tornó oscura... oscura y verde olivo. Me acerqué a la ventana y abrí las cortinas. Un manto de nubes negras se había apoderado del cielo como nunca antes lo había visto; pero yo no era de esas que juntan las casualidades con lo supersticioso.
Lo cierto es que tía Adalgiza había desperdiciado su vida en dos recuerdos, y por más que intentaron comprenderla, nadie lo logró. Me enteré, por el contenido del cofre, que ella vivió de verdad, sólo durante dos etapas. La primera fue durante su infancia junto a un vecinito y compañero de clase llamado Fernando. La segunda, el resto de su juventud detrás de otro: Francisco.
Fernando y Adalgiza se conocían desde que tenían más o menos cinco años, y fueron inseparables hasta que el niño murió seis años después, junto a su tío, en un asalto.
La niña quedó completamente destrozada, más aún, porque el incidente ocurrió mientras ella estaba de vacaciones en la capital y no lo supo hasta después de varias semanas. Lo más triste de todo es que poco antes de la tragedia, el último día de clases, Adalgiza le había dejado en el pupitre del liceo una carta de amor sin firmar, y el último recuerdo de su amigo, era su rostro enrojecido y emocionado. Fernando nunca supo quien la había escrito, porque ella planeaba confesárselo después de su regreso.
Casi tres años después, entró a su vida Francisco. Por cuatro años estuvo el joven intentando convencerla, por medio a terceros, de que le diera una oportunidad. Pero por más bueno que se lo pintaban sus amigas y amigos, el hecho de que no se acercara a hablarle le causaba cierta incomodidad y desaliento. En el último año de la secundaria, harta de tantos testimonios sobre sus buenas intenciones, decidió acercársele.
Un vida con dos nombres guardados bajo llave, viene triste la historia, hay que aprender de esto a mover los recuerdos no?
ResponderEliminarEspero la próxima....
Besos.
y????????????? aca termino la historia??? me quede con ganas de mas! de chusma! son historias que pueden seer de mi abuela tambien. Un beso
ResponderEliminarSí, quedaré intrigado hasta el próximo capítulo...¡Qué suspenso!...por el ojo de la cerradura se ve la luna, ¿qué tendrá que ver ella con la historia?...no me perdiré el segundo episodio de Dos nombres.
ResponderEliminarBesos, amiga querida!
REL
Ay Temhys…¡Qué bueno que no pude pasar, ahora tengo el relato completo! Jajaja.
ResponderEliminarTe cuento. Entré y fui a leer pero miré (Fin) ahí dejé todo y bajé alegre como una perdiz, (Debía ser feliz ¿no?) y me encanta “La tía Adalgiza” Esos nombres tuyos…¡Geniales! (Para mí)
De parte te digo que está muy bien escrita, es amena, fluida, y el detalle de la muerte en un asalto está bien pensado porque es una forma “sutil”.
Sigo…(Arriba)
Angeles, no sólo eso, sino moverlos tanto para que cicatricen y no duelan.
ResponderEliminarRoxana, esas son las historias que dan gusto, las que cuentan las abuelas.
Roberto, me gustó la imagen porque vi en ella los secretos que pueden quedar guardados, desde un par de nombres hasta todo lo que más queremos, así sea en medio de una mente desbaratada y un cofre viejo.
Vivian, jajaja... a mi también me gusta tener la historia completa.
Ese tipo de nombres me hacen pensar en tantos relatos!!!
Eso exactamente estaba buscando con lo del asalto... gracias por tus observaciones.
Un abrazote.