miércoles, 31 de diciembre de 2008

Todo termina... y a empezar de nuevo

7 dejaron una pista
Aunque este espacio nació hace apenas 5 meses, la experiencia ha sido increíblemente gratificante. No es sólo porque he podido dejar aquí mis retazos de poesía, el rastro de un camino sin un rumbo definitivo, y mis experiencias como mamá (algo que según la ciencia, nunca iba a ocurrir naturalmente. ¡Ja!); sino también porque he conocido a un impresionante grupo de personas de las que he aprendido un montón de cosas, con cada una de sus inspiradoras bitácoras.

A todos ustedes, gracias, ¡Feliz Año Nuevo!

lunes, 29 de diciembre de 2008

Asociaciones prematuras

11 dejaron una pista
Hoy iba a continuar otras historias, pero no he podido dejar de pensar en lo que me ocurrió ayer.

Mientras jugábamos a identificar las letras en el papelito de instrucciones de un Lucas TMX que le dejó su abuela de regalo, Adrián se levantó de repente y corrió a su cuarto. Regresó de inmediato a la sala con un libro en las manos y me dijo, "Mami, una P, otra la P." Apuntaba al logotipo de Fisher Price en el papel, que era el mismo en su libro y en ese momento, se me coló un pensamiento molestoso: mi niño víctima del mercadeo infantil.

De poco me ha servido controlar el tiempo frente al televisor, el bloqueo rotundo de los videojuegos, aunque se auto describan como "educativos", la preferencia por los juguetes "clásicos", y la lectura de cuentos y las canciones de la incorruptible rutina antes de llevarlo a la cama.

Ya no se trata de un juego de encontrar letras, ahora muy bien podría empezar la guerra de las marcas. Sí, es cierto, Adri tiene un par de carritos y una pijama de Disney's Cars pero apenas ha visto trocitos de la película, por eso sé que prefiere jugar con cualquier y toda máquina con ruedas, y no necesariamente porque represente una u otra cinta animada.

De todas formas, la asociación de la etiqueta-libro es más que incómoda. No me causa ninguna gracia que de un momento a otro Adrián esté exigiendo marcas. Es una batalla que, aunque él termine perdiendo, yo no la necesito.

Quien sabe, quizás yo ya la perdí y ni me he dado cuenta.

lunes, 15 de diciembre de 2008

En busca del selenita

7 dejaron una pista
La ciudad, tiznada de negro, no dejaba escapar ni un suspiro. Casi todos los rincones de la vetusta, y simultáneamente imberbe urbe, quedaron mudos a la fuerza, salvo aquellos balcones, donde niños y jóvenes alzaban la vista al cielo, en busca de algo más que estrellas. O quizás, sólo tras eso.

Nilda mandó al niño por los binoculares mientras charlaba con Tati sobre pretendientes, sobre una canción de Miriam Hernández que estaba muy de moda, sobre Julito, el de doña Fefa, que se metió en problemas por estar andando con unos tipos de Arenoso, sobre el calor y el precio de la pechuga, la falta de azúcar, las filas por media docena de pan de agua y el agua, que no aparecía por ningún lado.

Era el lugar más fresco del hogar. Nilda se acunaba en una mecedora, Tati, sentada sobre los hierros del balcón, que lo recorrían de esquina a esquina. Al principio solo tenía la barandilla, pero la señora hizo que se extendieran hasta arriba, porque uno de sus tres hijos era todavía muy pequeño. La niña, de unos nueve años, se apoyaba de la baranda y se balanceaba con los pies metidos entre las rejas; las tres arrimaban la mirada en el infinito del firmamento.

El niño, un año mayor, apareció sonriente con el estuche en mano. Caminaba despacio, como para no dejar caer aquel pesado objeto que iba sujetando con extremo cuidado. Nilda empezó a ver primero por el fascinante instrumento, uno de los mejores de su tiempo y una de las pocas cosas de valor en el hogar. Por el lente se le escapaban temores, recuerdos de peores momentos, sueños que creía inalcanzables. La iris de Tati disparó hacia el prisma gotas de rebeldía y frustración por no haber encontrado aún a su media mitad y por tener lejos a su madre enferma.

En un intento por disimular, empezó a tejer historias para que los dos niños no sintieran tanto la falta de sus padres, que en aquellos tiempos de crisis, compartían con ellos cada vez menos; "¡Nilda, yo veo un hombre en la luna!" Nilda le siguió el juego, "Deja ver. ¡Ay sí, lo veo! Está como escalando una montaña".

"Deja ver", dijo Tati mientras al niño se le llenaba el estómago de estrellitas, de luces, de astros, cohetes, astronautas; toda las bóveda celeste empezó a formarse allí, donde siempre empieza cada devaneo de la imaginación. Luego fue él quien posó sus ojos. Se le perdieron entre los cráteres de la luna llena, bella y brillante. Recorrió toda su superficie buscando al selenita, o al menos un rastro, una sombra, una huella, mientras Tati empezaba a relatar aquella leyenda del leñador castigado a cargar su leña allá en lo alto.

Miró la niña después, buscó al leñador, se imaginó verlo, sin que la vista tan ampliada de aquel astro tan lejano dejara de ser tan deslumbrante. Pero tardó mucho más tiempo ver lo más obvio; los miedos de Nilda, las desilusiones de Tati, su propio presentimiento de grandes cambios a la vuelta de la esquina; eran todos agobios similares a los del leñador que pidió que se lo tragara la luna y terminó, según Tati, castigado a recorrerla con su leña al hombro.

De pronto, se encendieron las luces, la ciudad comenzó a abrir los ojos, las radios, muertas a deshora, cobraban, nuevamente, vida; la energía le devolvió a la nevera su zumbido, Nilda y Tati se acordaron de la telenovela, y todo volvió a la normalidad pero no sin antes escucharse la proclama de un vecino:

"¡Llegó la luz!"

Foto: Internet

lunes, 1 de diciembre de 2008

Laberinto mental

12 dejaron una pista
De su rostro recuerdo muy poco, y me llega en fragmentos, quizás porque hace tiempo quise borrarla de mi mente. Era linda, eso sí. Tenía ojos grandes, verdes, pelo lacio y piel oscura. Parecía una princesa hindú.

Tocó en mi habitación un sábado a mitad del semestre, porque en mi puerta solo había un nombre en lugar de dos. Eso fue lo que me dijo con los ojos inundados antes de contarme sus conflictos con su entonces compañera de cuarto en el mismo dormitorio universitario. En realidad, yo no podía impedírselo, ella no necesitaba mi permiso para solicitar el cambio.

Al principio todo marchaba bien. Era aplicada, organizada y alegre, y por tener pocos amigos, la invité a cenar con los míos en varias ocasiones. De noche hablábamos mucho, ella más que yo. Me contaba sobre su familia, sus raíces, su religión, su padre, que era sumamente estricto. Una noche, me confesó que se había enamorado de un muchacho que vivía en otro piso del edificio, pero que su familia nunca le aceptaría un novio de otra religión.

Lo que sucedió después me envolvería en ira, asombro y miedo. Comenzó despertándome a medianoche para decirme que el muchacho no le correspondía o que su padre la odiaría. Me hablaba y se perdía en su propia conversación, saltándose tiempo y espacio, olvidando personajes y sitios sin darse cuenta, con los ojos enfocándose en mil cosas a la vez y a la misma vez, en nada.

En otra ocasión se puso a llorar cuando mis amigas y yo criticábamos el póster de una modelo extremadamente flaca, mientras charlábamos en el cuarto de un amigo. Ella se marchó histérica, y todos me miraron sorprendidos en busca de explicaciones que yo no sabía darles. Después de ese incidente, casi no comió por una semana, y salía a las cinco de la madrugada a correr por todo el campus.

Mientras tanto, continuaban las despertadas nocturnas. Se resistía ir a los sicólogos de la universidad, o a hablar con el residente encargado, mientras yo, medio dormida trataba cada noche de acortar las sesiones de llanto incontrolable. Poco a poco empezó a descuidar su mitad del cuarto y sus clases. Había bolsas y desorden en su escritorio, encima y debajo de su cama, en su clóset y pilas de ensayos marcados con F. Una noche, decidió que lo iba a limpiar todo, a las 2 de la madrugada. No puedo describir el espanto que me provocó el ruido de la aspiradora en el cuarto completamente oscuro. Esa noche perdí la paciencia, me levanté de la cama, apagué el aparato y la mandé a acostar.

A la mañana siguiente, parecía que había mejorado, pero en la tarde llegué a pensar que había perdido por completo la razón. Tomó la aspiradora y la vistió con su ropa, le puso faldas, blusa, una bufanda. Me dijo, "esta soy yo", mientras adornaba la máquina, "y esta es mi vida", y colocó una caja de cereal encima de la base.

Curiosamente, no había forma de que la cambiaran de cuarto porque ella no presentaba una amenaza para mi, pero eso no era lo que yo sentía cada noche. Por eso fui a hablar con el residente encargado y le dije que le iba a caer a golpes, yo a ella, si no la sacaban. Era además, la única forma de conseguirle ayuda. La mandaron a su casa y allá la internaron en un centro mental.

Después de unas semanas, sus padres regresaron a recoger sus pertenencias. Su madre, con los ojos aguados, miraba incrédula la cama de su hija, revisaba los ensayos, recogía su ropa del suelo con una angustia en la mirada imposible de describir. Una lágrima rodó. Se acercó a mí y me pidió razones, en un inglés que bastante le costaba pronunciar.

Le dije que ella no era así antes, y la señora lo repitió tragándose las lágrimas. Lo pensé mucho antes de contestarle, pensé en la ira de su padre, en que quizás ella misma no entendería, o en que tal vez sonaría inconcebible.

Fue por amor.