
La ciudad, tiznada de negro, no dejaba escapar ni un suspiro. Casi todos los rincones de la vetusta, y simultáneamente imberbe urbe, quedaron mudos a la fuerza, salvo aquellos balcones, donde niños y jóvenes alzaban la vista al cielo, en busca de algo más que estrellas. O quizás, sólo tras eso.
Nilda mandó al niño por los binoculares mientras charlaba con Tati sobre pretendientes, sobre una canción de Miriam Hernández que estaba muy de moda, sobre Julito, el de doña Fefa, que se metió en problemas por estar andando con unos tipos de Arenoso, sobre el calor y el precio de la pechuga, la falta de azúcar, las filas por media docena de pan de agua y el agua, que no aparecía por ningún lado.
Era el lugar más fresco del hogar. Nilda se acunaba en una mecedora, Tati, sentada sobre los hierros del balcón, que lo recorrían de esquina a esquina. Al principio solo tenía la barandilla, pero la señora hizo que se extendieran hasta arriba, porque uno de sus tres hijos era todavía muy pequeño. La niña, de unos nueve años, se apoyaba de la baranda y se balanceaba con los pies metidos entre las rejas; las tres arrimaban la mirada en el infinito del firmamento.
El niño, un año mayor, apareció sonriente con el estuche en mano. Caminaba despacio, como para no dejar caer aquel pesado objeto que iba sujetando con extremo cuidado. Nilda empezó a ver primero por el fascinante instrumento, uno de los mejores de su tiempo y una de las pocas cosas de valor en el hogar. Por el lente se le escapaban temores, recuerdos de peores momentos, sueños que creía inalcanzables. La iris de Tati disparó hacia el prisma gotas de rebeldía y frustración por no haber encontrado aún a su media mitad y por tener lejos a su madre enferma.
En un intento por disimular, empezó a tejer historias para que los dos niños no sintieran tanto la falta de sus padres, que en aquellos tiempos de crisis, compartían con ellos cada vez menos;
"¡Nilda, yo veo un hombre en la luna!" Nilda le siguió el juego,
"Deja ver. ¡Ay sí, lo veo! Está como escalando una montaña".
"Deja ver", dijo Tati mientras al niño se le llenaba el estómago de estrellitas, de luces, de astros, cohetes, astronautas; toda las bóveda celeste empezó a formarse allí, donde siempre empieza cada devaneo de la imaginación. Luego fue él quien posó sus ojos. Se le perdieron entre los cráteres de la luna llena, bella y brillante. Recorrió toda su superficie buscando al selenita, o al menos un rastro, una sombra, una huella, mientras Tati empezaba a relatar aquella
leyenda del leñador castigado a cargar su leña allá en lo alto.
Miró la niña después, buscó al leñador, se imaginó verlo, sin que la vista tan ampliada de aquel astro tan lejano dejara de ser tan deslumbrante. Pero tardó mucho más tiempo ver lo más obvio; los miedos de Nilda, las desilusiones de Tati, su propio presentimiento de grandes cambios a la vuelta de la esquina; eran todos agobios similares a los del leñador que pidió que se lo tragara la luna y terminó, según Tati, castigado a recorrerla con su leña al hombro.
De pronto, se encendieron las luces, la ciudad comenzó a abrir los ojos, las radios, muertas a deshora, cobraban, nuevamente, vida; la energía le devolvió a la nevera su zumbido, Nilda y Tati se acordaron de la telenovela, y todo volvió a la normalidad pero no sin antes escucharse la proclama de un vecino:
"¡Llegó la luz!"Foto: Internet