jueves, 16 de octubre de 2008

Granizo (Tercera parte)

La llovizna comenzó de repente, con el sol aún esbozando una sonrisa, y empezamos a caminar rápidamente. Marola ya no reconocía ninguna de las casas alrededor. La lluvia aceleraba el paso y aún faltaba mucho por recorrer, pero justo cuando los techos de cinc terminaban de prepararse para la gran sinfonía, cuando apenas empezaban a sentir los toquecitos del agua, y el aire olía a tierra caliente, y los animalitos buscaban refugio; salvo el perro hambriento que bebía de un viejo charco de agua estancada, Yadlin la vio. Una camioneta se acercaba en la distancia. Fue así como pudimos alcanzar la carretera.

Al llegar al lugar donde Marola debía esperar a su hermano, le habíamos ganado un poco de tiempo a la lluvia, que aún no se asomaba por esos rumbos. La caminata y el sol me habían agotado. Tenía mucha sed, pero no me atrevía a pronunciar ni una sola queja; muy pronto estaría en casa, lejos del campo, el fastidioso campo que en dos semanas no me había ofrecido nada más que aburrimiento y calor. Ahora solo faltaba un rato más para salir de allí, olvidarlo todo, para nunca volver.

En ese momento, aún intoxicada en mi monólogo interno, llegó el camión de tío. Era el mismo que usaba para transportar bloques de hormigón, varillas y todo tipo de materiales de construcción, pues se ganaba la vida con eso. Michael, por ser el más pequeño, se fue en la cabina con su mamá. Nosotros tres, y un primo de Yadlin que venía con ellos, subimos a la parte trasera y nos cubrimos del sol con una lona.

Al parecer, las nubes que nos perseguían lograron vernos debajo de aquel lienzo y a toda marcha convocaron a todas sus camaradas. De un momento a otro, sobornaron al sol y sentimos sus rayos disiparse. Casi inmediatamente cayó sobre nosotros una exhalación de gotas gruesas, lamentos del cielo, sollozos de un campo que sufría mi partida.

Foto: Cielo desde el Parque Van Cortland, Bronx, NY

2 dejaron una pista:

  1. Acá sigo transitando tu historia, me transportas a un campo lejano de mi infancia y hasta puedo oler la lluvia, que bella narración...
    Un beso

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  2. Gracias Angeles. Que bien que lo puedas visitar conmigo... mañana la última parte.

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