miércoles, 13 de agosto de 2008

Venid los moradores, del campo a la ciudad...

No hay nada mejor si vives lejos de tu país que encontrarte un día de casualidad, con algún producto favorito de la infancia que pensabas solo se vendía en tu tierra. A mi me ha pasado varias veces. No recuerdo la primera vez que me topé con un Country Club rojo, pero te confieso que me supo a gloria. Luego me enteré que en Washington Heights los dominicanos ya se habían propuesto traer todo tipo de productos criollos para hacer sentir a los suyos como si nunca se hubieran marchado de la isla.

Sin embargo, creo que cada cosa tiene su límite. Por eso no me pude resistir a tomar esta foto frente a una ferretería en este curioso vecindario. Y te pregunto, ¿qué demonios van a hacer los dominicanos con una bacinilla, en Nueva York?

La última vez que vi uno de estos recipientes, tenía no más de 9 años, en uno de esos detestados viajes al campo en Nagua. La trayectoria por la vieja carretera (si se le puede llamar eso) era un infierno, y llegaba un punto en el camino en que la cantidad de mosquitos era tan densa, que se disminuía la visibilidad en el vehículo. Está bien, quizás exagero, pero mientras mi hermano y mis primos se iban a cabalgar y explorar en los arrozales y los cacaotales, yo tenía que quedarme dándole vueltas a la casa porque solo si me mantenía en constante movimiento (según mi tía Marola) podría disminuir la cantidad de picadas de los mosquitos que me devoraban a diario.

Luego en la noche, las tías me untaban todo tipo de cremas y remedios para aliviar la picazón pero cuyo potente y desagradable aroma sumado a las gotas de lluvia martillando el techo de cinc, me mantenían despierta y sentada, observando la bacinilla debajo de la cama adyacente y debatiendo si valía la pena salir de la protección del mosquitero para orinar. Y aún así, todas las mañanas encontraba agarradito en alguna esquina de la red, a un mosquito "má’ jarto que una chincha", odiando cada segundo de mi existencia y preguntándome por dónde diablos se había metido el vil insecto que logró darse tremendo banquete de mi.

De todos modos, yo pensaba que el propósito de las bacinillas era ahorrarse un viaje a la letrina, que usualmente se encontraba a unos pasos fuera de la casa, por lo que era bastante conveniente en los tiempos de antes o en los lugares remotos, no tener que salir a la intemperie para hacer tu necesidad. Pero ahora, por más que lo pienso, no puedo buscarle una explicación a esto.

¿O será que en Washington Heights hay personas que aún no se dan cuenta de que ya no viven en el campo? Pensándolo bien, mejor ni hago la pregunta.


Título: Primer verso del Himno a las Madres

6 dejaron una pista:

  1. Oye está buenisimo esto. Tampoco pensé ver una basinilla por estos lados.

    ResponderEliminar
  2. Gracias.
    Pues yo tampoco lo pensaba, pero para que veas.

    ResponderEliminar
  3. Fabuloso - me matas de la risa!

    ResponderEliminar
  4. Ay Juanma, no te me pongas así. Es simplemente una chistosa observación.

    ResponderEliminar
  5. WOW...fíjate que ni me había fijado en que en Washington Heights venden bacinillas. Aunque pensándolo bien...no estaría mal ir a ese lugar y hacerle esa pregunta a los vendedores...Dios mío pronto veremos las guaguas y camiones pasando por las calles de Wash. Heights vendiendo y comprando toda clase de artículos.

    Ep

    ResponderEliminar